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La tradición oriental de sacerdotes católicos casados

21-12-2013

Héctor Raúl Zimmer

Párroco de San Vladimiro, en Posadas. Años atrás fue encargado de la Comunidad Greco-Católica Ucraniana en la Arquidiócesis de Barcelona.
A pedido de Criterio, el autor –sacerdote católico de rito oriental– refiere algunos testimonios y reflexiones sobre la realidad de los presbíteros casados.


En la Argentina hemos tenido varios presbíteros casados que llegaron después de la Segunda Guerra Mundial. Tenían documentos que los acreditaban como sacerdotes católicos, expedidos generalmente por la Congregación Oriental, pero aquí esos temas eran desconocidos.

Recuerdo al padre Esteban Czmil, primer salesiano de rito bizantino, quien en Ramos Mejía obtuvo licencias para celebrar y pastorear de monseñor Miguel Raspanti, en la diócesis de Morón. Con Czmil concelebraban dos o tres sacerdotes casados que no tenían licencias ni destino (la concelebración en aquella época debía resultar extraña para los latinos). Llegó a tener como monaguillo a Jorge Bergoglio, quien había aprendido todas las respuestas en ucraniano.

Quizás uno de los sacerdotes que abrió camino a esta experiencia fue el padre Iván Baluk, quien en Villa Adelina pudo levantar un templo y atender a la comunidad ucraniana antes de 1960, contando con la bendición del obispo de San Isidro, monseñor Antonio M. Aguirre. Este sacerdote murió trágicamente en 1973 y después pude conocer a su esposa, hijos y nietos.

Según las palabras de monseñor Andrés Sapelak, en 1967 la Conferencia Episcopal Argentina planteó el problema del clero casado, que llegaba de Ucrania o de Europa a varias naciones de América, entre ellas la nuestra. Se consultó y presentó el testimonio del padre Baluk, que afirmaba que era difícil sostener la familia y el trabajo pastoral. La CEA siguió las decisiones de los Estados Unidos, donde se planteaba que se podía recibir a sacerdotes casados pero no podrían ordenarse otros en ese territorio.

En los primeros años del siglo XX muchos obispos latinos de los Estados Unidos se escandalizaron por la presencia de sacerdotes orientales casados. Se dirigieron a Roma, solicitando se revocase el derecho a ordenar hombres casados. Luego de varios años de pedidos reiterados, Roma intervino y prohibió la ordenación de orientales casados en 1929 dentro del territorio norteamericano. En ese tiempo, casi todas las parroquias de rito oriental eran atendidas por clero casado y esta prohibición provocó un terrible cisma. Más de la mitad de los católicos bizantinos de Norteamérica se hicieron ortodoxos. Familias enteras se dividieron en líneas religiosas y se infligió a la Iglesia una herida profunda que no se ha curado completamente.

En la actualidad, Roma no avala esa restricción. En 1992 el papa Juan Pablo II promulgó el Código de Cánones de las Iglesias Orientales, que reafirma con claridad nuestro derecho a ordenar hombres casados. Desde ese momento, muchos obispos orientales han introducido de nuevo la tradición de los sacerdotes casados, aunque varios todavía tratan de resolver el problema de cómo sustentar la familia.



Mis experiencias pastorales

Cuando entré al seminario, no se plateaba la posibilidad de casarse. Pero recuerdo que el cardenal Juan Carlos Aramburu quería mucho a dos seminaristas ucranianos que estando en Villa Devoto, conservaban sus novias y, en diálogo con el Arzobispo, me preguntaba sobre el destino de aquellos muchachos.

Hoy día en la Argentina no hay, dentro de la Iglesia Greco Católica Ucraniana, ningún sacerdote casado. Sí hay dos argentinos que, casados, han sido ordenados para la diócesis de Chicago en los Estados Unidos.

Obtuve una visión distinta de este tema en España, durante los siete años en que ayudé a monseñor Hlib Lonchyna, Visitador Apostólico para Italia, España e Irlanda. Colaboré con él en la organización de las numerosas e insipientes comunidades greco católicas. En 2005 había en España diez presbíteros ucranianos, de los cuales cinco estaban casados y cinco eran célibes; y seis sacerdotes casados rumanos. Con el paso del tiempo llegamos a ser veinte, de los cuales once estaban casados y nueve célibes; y los rumanos, unos diez, todos casados.

La Conferencia Episcopal Española creó un Departamento para los Orientales Católicos que, si bien dependía directamente de la Secretaría General, su Presidente también lo era de Ecumenismo, generando una extraña confusión al insinuarse que con los orientales católicos había que mantener comunicación ecuménica. En los considerandos de esta decisión puede leerse: “Las razones económicas y el deseo de integrarse en la nueva Europa han motivado en los comienzos del siglo XXI una fuerte corriente migratoria hacia España, procedente en su mayor parte de Rumanía y Ucrania. Las migraciones de países de Oriente Medio obedecen más bien a una situación bélica, inestabilidad política e intransigencia musulmana. En consecuencia, las Iglesias católicas orientales, especialmente las de Rumanía y Ucrania, desean atender pastoralmente a sus fieles mediante sacerdotes del propio rito que, además, conozcan el mundo de la emigración y la propia lengua”.

También publicaron en 2003 “Orientaciones para la atención pastoral de los católicos orientales” en las que no se menciona el tema de los presbíteros casados. Sí planteó un problema el cardenal de Madrid, monseñor Antonio Rouco: según las leyes españolas el clero es célibe; su seguridad social, estipendio que recibe, etc., tiene en cuenta su soledad. ¿Cómo aceptar presbíteros casados? Además de los problemas económicos, ¿no será un escándalo para el pueblo de Dios español, ya que no está habituado a esto?

Lo curioso es que nunca escuché hablar del tema al laicado. Al contrario, respetan tanto a los curas ortodoxos casados como a los greco católicos. Las cuestiones surgen en el clero latino. Y en España esto está agravado por la presencia de muchos presbíteros que se casaron, dejando el ministerio, y constituyeron una asociación de sacerdotes casados de España, ASCE, que según datos publicados, congrega a unos 6.000.

En España, los obispos optaron por dos caminos: no permitir clero casado en ningún arzobispado (y por esto fui convocado a Barcelona), pero sí en algunos obispados. Incluso tuve la experiencia de ver el aprecio por el presbítero y por su familia; en algunos casos le ofrecían trabajo a la esposa a fin de poder mantener a los hijos o le ofrecían alojamiento en la casa sacerdotal al presbítero con su familia.

Es verdad que los presbíteros ucranianos muchas veces cometieron imprudencias, como pasearse por Valencia, de sotana y con la esposa del brazo... Aparte de ser casi un escándalo el hecho en sí mismo, la jerarquía se enojó mucho, por la trascendencia que la Asociación ASCE dio al tema.

Cuento dos anécdotas. Apenas Ucrania obtuvo la independencia tuve la posibilidad de visitar la Iglesia que recién salía de las catacumbas. En el seminario, o más bien, el caserón viejo que funcionaba como tal, había una foto de muchas mujeres, niños pequeños y un obispo en medio; pensé que era un retiro de la Acción Católica o algo así... era el encuentro de las esposas de los curas con el obispo diocesano.

Con las esposas de los curas que vivían en España conocí dos realidades: las “imosh” (“matiushka”, madrecita en ruso, así como al sacerdote se lo llama “batiushka”, padrecito) de los presbíteros mayores, y las esposas de los presbíteros jóvenes. Sus comportamientos eran diversos. Ayudado por una imosh de Roma, comprendí que era necesario reunirlas para dialogar sobre su modo de vivir, especialmente en España, ya que había cosas que podían no entenderse bien, a diferencia de Ucrania, donde el tema está instalado históricamente. Así descubrí una costumbre de Ucrania que supongo debía ser práctica común de todas las iglesias orientales, tanto católicas como ortodoxas: generalmente las hijas de los presbíteros eran las candidatas a ser esposas de los futuros curas jóvenes. Tenían en sus casas toda una formación específica para comportarse tanto en privado como en público, algo que fue interrumpido por la anexión forzada a la ortodoxia o la deportación. Actualmente se está intentando formar a las imosh en su vocación y ministerio específico junto a un presbítero. Normalmente ayudan en la tarea pastoral pero con mucha discreción, ocupando el último lugar de la comunidad. Pero esto no está muy claro para las jóvenes imosh, que no provienen de familias sacerdotales, ni tienen esa formación.

Hay que considerar también que es muy común que los presbíteros tengan muchos hijos: conocí a uno con catorce. La imosh está todo el día al cuidado de ellos y el presbítero debe tener una entrada económica importante para sostener a su familia. Los parroquianos suelen ser generosos, pero hay muchos que además deben ejercer una profesión para poder vivir, restándole tiempo al trabajo pastoral.


¿Un tema tabú?

Mi vida en Ucrania me ayudó a ver otra realidad respecto a la cuestión que plantea el pueblo occidental al hablar del celibato. No vi una preocupación enfocada en el tema sexual; el ejercicio de la sexualidad es asumida como normal para todos, incluso para el párroco. No es un tema tabú, aunque se trata con pudor.

También existe en el oriente católico, ortodoxo e incluso no cristiano, el aprecio por el celibato, por la consagración a la soledad afectiva y física. Tengo una anécdota. Estando a las puertas de un monasterio, vi un muchachito de unos 15 años. Le pregunté qué estaba haciendo allí y me dijo que esperaba que los monjes rezaran las oraciones de la tarde. Y que deseaba ser monje. Yo, con mi de-formación occidental, le dije que eso implicaba no tener familia y demás... y él me miró como diciendo: “Ya lo sé, no entiendo como usted me hace esa aclaración”. Ahí pude experimentar que tanto el celibato monástico como el sacerdocio uxorado son realidades normales para ellos, que no es una cuestión drástica como suele plantearse en occidente.

Aquí sí quiero afirmar la milenaria sabiduría de las Iglesias Orientales, ya que o bien el cristiano es “padrecito” y esto conlleva la vida matrimonial y familiar, o bien es “monaj” y vive la soledad en medio de una comunidad de consagrados. Desde mi formación en el seminario de Villa Devoto y luego en el ejercicio del ministerio en Misiones, Mercedes y España, pude ver que la soledad de los curas párrocos, sobre todo en lugares alejados, es una especie de locura que los obliga a vivir solos, lejos unos de otros, casi sin vida de pertenencia con su colegio presbiteral. Recuerdo haber recorrido lugares inhóspitos, alejados, y sentir compasión por la soledad de algunos presbíteros.

Y ahora, con el papa Francisco afirmando que no puede vivir solo en los apartamentos pontificios, encuentro que mis intuiciones no eran erradas. La Iglesia tiene que pensar en sus presbíteros, en su soledad afectiva, de pareja y de paternidad física. Recuerdo que al cumplir cuarenta años experimenté un gran dolor: nunca tendría mis propios hijos, nunca tendría la compañía afectiva de una mujer, el apoyo y el consuelo de una compañera de camino. Gracias a Dios siempre hay familiares, amigos, en mi caso tengo a mi madre, con quienes llevar una vida afectiva sana y equilibrada, en la medida de lo posible. Los niños de la catequesis son también una gran ayuda para expresar y manifestar mi paternidad espiritual y así no caer en la soltería infecunda.

Para mí, el problema radica en el seguimiento y el discernimiento capaz de ver a qué vocación está llamado el candidato a sacerdote, qué disposición natural y sobrenatural tiene para vivir la paternidad espiritual, el servicio, la entrega; su capacidad para acoger, cuidar, dar la vida como lo hacen un padre y una madre.

En los últimos años hemos asistido a la aceptación en la comunión católica de muchos presbíteros anglicanos casados; hay presbíteros orientales casados que siguen una tradición milenaria y en territorios orientales son vistos con naturalidad. No es un tema ajeno a la Iglesia. Quizás, como sostenía el Patriarca de Antioquía Máximos IV, refiriéndose a la unidad de los cristianos, no esperemos que la jerarquía declare la unidad, ella debe vivirse y consolidarse en el diálogo de los cristianos, entre cristianos de distintas Iglesias. Al final la jerarquía proclamará la unidad ya vivida.

En el tema de las vocaciones y de la vida de los presbíteros, creo que debemos cuidar las que tenemos, sobre todo su humanidad, y seguir con la ordenación de diáconos permanentes, así como fomentando ministerios laicales. Habrá que pensar en un sustento económico apropiado y en un compartir los dones y talentos, más al estilo del Evangelio. Con el tiempo veremos qué nos irá indicando Dios. Ciertamente que el problema pasa por el discernimiento sobre el llamado y por la constitución de comunidades evangélicas.