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Reflexión sobre la oración, en primera persona

13-12-2013

Es la primera vez en mi vida que participo en una experiencia de adoración perpetua y tenía muchas expectativas. En principio, destinar una hora -para quien tiene su tiempo invertido en tantas “cosas importantes y de extrema necesidad”- parecía mucho tiempo. (En una hora cuantas cosas habría hecho!).

Fue interesante modificar la agenda y “quitar” esa hora de la vida cotidiana y laboral. Sí, “quitar” (suena feo). Muy contrario a “ofrendar a Dios esa hora santa”. Pero, en verdad, la vida mundana nos reclama cualquier tiempo de “distracción” a la vorágine cotidiana. Con que facilidad y avidez, toma todo el tiempo de nuestra vida!. Con que facilidad le dejamos hacerlo, accedemos… La ecuación es: más tiempo más beneficios; es una gran inversión, fácil y visiblemente constatable, obtengo mejor inserción social, económica, laboral… Además, parto de la base de que estoy administrando algo que me pertenece – mi tiempo-. Como en un juego de azar yo dispongo las fichas según mi criterio, mi intuición y claro está, esperando ganar algo tangible sumado al reconocimiento de todos.
La decisión de participar no es fácil. Implica enfrentarse con uno mismo y el mini universo de nuestra cotidianidad, nuestras obligaciones!. Sea para la adoración, sea para tantas otros servicios: de limpieza del templo, catequistas, grupo de oración…
La pregunta del millón es, ¿Qué pasó o cuándo fue que nuestra prioridad dejo de ser Él?, ¿qué o quién nos hizo creer que este tiempo que vivimos nos pertenece? Anteponemos mil excusas, nos excusamos ingenuamente con el que nos conoce y sondea en lo profundo. Hay mucho miedo al compromiso y a no poder llevarlo a cabo. Yo diría que no queremos ser forzados a ver y a enfrentar nuestra debilidad y pereza espiritual cuando somos seducidos por el mundo. No nos reconocemos guerreros espirituales como debiera ser, (nadie dijo que sería fácil). Nos rendimos a la seducción de un mundo que promueve especuladores y adoradores de lo superficial y vano. No nos damos la oportunidad de redescubrir en lo sencillo, en lo sacrificado, en cada día de entrega personal, la raíz, la razón profunda y verdadera de nuestro existir, que es Él, quien se manifiesta notable y grandemente en nuestra vida si se lo permitimos.